Zafón vuelve a la magia de La Sombra del Viento

Como en toda buena saga, el lector está pendiente de la salida de una nueva entrega que alivie su curiosidad de saber más de los personajes o que consiga responder a varias preguntas que la última hoja del anterior libro dejó abierta. ¿Qué fue de Juan Carax?, ¿cómo le irán las cosas al pequeño Daniel? ¿Ha ocurrido algo en el Cementerio de los libros olvidados en nuestra ausencia? 

El prisionero del cielo
Autor: Carlos Ruiz Zafón
Editorial: Planeta
2011
Muchas eran las preguntas que tenían los lectores que Carlos Ruiz Zafón conquistó con ‘La sombra del viento’ antes de abrir la tercera parte de la tetralógía, ‘El prisionero del cielo’. Preguntas que son respondidas con aclaraciones vagas, respuestas y con más cuestiones a responder. Zafón sin duda bebe de Alejandro Dumas. No esconde que la mejor forma de vender ejemplares es dejando al lector con la miel en los labios. Con ganas de saber más, de conocer los porqués, de averiguar por sí mismos la trampa del autor. Si esa es su intención, sin duda lo consigue. 

Tras la oscuridad de ‘El juego del ángel’, Ruiz Zafón vuelve a la Barcelona luminosa que le ha dado la fama para contarnos la edad adulta de Daniel Sempere y las aventuras y desventuras de su peculiar amigo Romero de Torres. El autor se refugía en las gracias laicas del cómico dicharachero y en el sentido de la responsabilidad y del bien del un niño hecho hombre. Y será el ateo amigo de Daniel el que cobre protagonismo en la trama para pasar de ser el personaje que da la pincelada de humor a convertirse en parte importante de un difícil entramado de conspiraciones, cadena de favores y traiciones.

En el primer tercio de la novela, el autor consigue meterse en el bolsillo a sus leales lectores con la exitosa fórmula de ‘La sombra del viento’ Una vez le tiene atrapado con la nostalgia de recordar la primera novela de la saga comienzan las preguntas, seguidas de más preguntas. ¿Por qué Romero de Torres se llama así? ¿Cuál es su verdadero nombre?, ¿Por qué llegó un buen día a la librería de los Sempere? Cuestiones que no van más allá de la curiosidad del lector, pero que se convierten en respuestas duras y con un pasado por esclarecer. Historias conocidas por quién ha leído las dos novelas anteriores, pero que hacen muy difícil el seguimiento para el recién llegado. 

 En la segunda parte de la novela iremos a la cárcel de Monjuic para conocer muchos porqués, entre ellos el origen de ‘El juego del ángel’. El autor se encuentra con Dumas de nuevo en una fuga, una venganza y un tesoro. ¿les suena? Sí, ‘El conde de Montecristo’. Con la guerra civil como telón fondo, Romero de Torres contará su verdadero pasado que puede afectar a su futuro y al de Daniel. Enemigos comunes, historias entrelazadas y alguna que otra respuesta deja al lector listo para el ‘arreón’ final. 

Con una narrativa simple, plagada de diálogos y con giros imprevistos, el autor consigue atrapar al lector para que lea de forma voraz y cuente tristemente las páginas que quedan para acabar una historia de la que quiere saber más. Un libro inteligentemente escrito que demuestra la facilidad del autor para narrar historias imaginativas sin perder nunca la atención del lector. Un libro destinado a entretener, con un ritmo alto plagado de descripciones de la Barcelona de los 50. Un libro que no le cambiará la vida, pero que le obligará a leerlo de principio al fin. No es de extrañar que siguiendo la estela del folletín, Ruiz Zafón concluya en 400 páginas una novela que bien podría haber tenido el doble. Deja con ganas de más al lector. El desenlace convierte al libro en un puente para el cierre apoteósico que el lector espera. El último libro que desvele el porqué Daniel Sempere se ha convertido en uno de los personajes más querido de las últimas décadas y el dónde, cuándo y por qué se creó el Cementerio de los Libros Olvidados.

 La espera sigue, y Carlos Ruiz Zafón lo sabe.



The Artist y el porqué del cine

Hipnótica. Una muestra más de que el cine no vive de remakes. Una película de esas que el paladar mantiene el sabor del buen cine.

No es fácil, no nos engañemos, hacer que la actriz, como la chica mona que es, conquiste a todo aquel Don Juan de artificio que se sienta en la butaca, ni que el verdadero Don Juan con ayuda de un canino simpático sea capaz de arrebatarle una sonrisa a la dura chica resabida de la tercera fila. No es fácil. 

Y si todo esto se hace sin voz, sin color, y sin explosiones...¿qué me dicen?

Algo más de hora y media de cine. 100 minutos. Una historia sobre la caída de un orgulloso, del triunfo de una mujer con un sueño. La cima en ambos lados, en la subida y en la bajada.


Película en la que no tocas las palomitas. Bastante tiene el espectador con amar a Peppy y al perro. A la chica del lunar y al simpático animal. En el camino George Valentin se dará cuenta que el orgullo pasó de moda. Que no todas las mujeres son malas y que el talento no sabe de caciques, de innovaciones, ni del tiempo. El talento transciende a las épocas. 

'The artist' hace que  Woody Allen lloré porque el diálogo no es necesario, que Tarantino busque una solución para la falta de sangre y que Spielberg  se de cabezazos contra el arca perdida mientras guarda sus efectos especiales. Porque el cine, volvió al blanco y negro, a la gesticulación, al silencio.... ¡y cómo volvió!


Los gamusinos, su búsqueda y su leyenda

Siempre me gustó. Denotaba la mirada de pillo, la risa del después, la sensación de saber algo que el resto no conocía. Lo confieso, la primera vez salí al campo en su busca. Con una linterna, de las de pilas gordas, nada de imitaciones. Mentí a mi madre para salir de noche. El plan era perfecto, contar que no era nada más que un paseo por la plaza del pueblo con el objetivo de ir a buscarlos.

Al parecer era tradición, todo el mundo lo hacía. Contaban, lo mayores del lugar, que se encontraban especies enormes de este animal que no conocía. Decían, la malas o buenas lenguas, que era como una babosa, pero más grande. En cada pueblo era distintos, pero la intención era la misma.

Los busqué con ansia, como más tarde buscaría un trabajo o la mujer de mi vida. Miré y miré pero no vislumbré nada digno de mención ni mucho menos el animal que me habían descrito bajo la luz de la farola que alumbraba, majestuosa ella,  la parte central de la plaza del pueblo. La mentira a mi progenitora era suficiente adrenalina como para pasar toda la noche en vela, pero la búsqueda no hallaba el objetivo.

Tras varias horas dando vueltas con la única esperanza de encontrar algo extraordinario, de que mi linterna diera luz a una especie hermosa, volvía a mi casa. Con la la cabeza gacha, como cuando se pierde una batalla en la que ya partías sin armas y sin escudo. Con las risas de fondo que no entendías, con la moral por los suelos y el flequillo bajo de un niño malo en horas bajas.

Aquella noche de verano, del mil novecientos y mucho. Un niño, ingenuo, tonto por inocente y vivo por su inocencia, volvía a su casa sin saber que era un gamusino, conociendo una leyenda eterna y con el placer, sin aun saberlo, de haber buscado un ser mitológico que todavía, mocosos de pokemon, consolas y de la era de internet siguen buscando sin fortuna, siguen soñando con esperanzas y siguen conociendo sin saber.

El tweet de Alejandro y la cabeza de Daniel

En este país que vivimos o al menos coexistimos, que no es poco, el sentido común se extinguió para algunas personas. Creo que hay organizaciones que están intentando procrear espegímenes racionales. Serán dejados en cautividad junto a los linces en un parque natural lejos de la televisión y las grandes masas buscando sociedades que le den a Twitter la importancia justa, poca importancia a algunos ¿lideres de opinión? y consigan descifrar, si no es mucho pedir, que en la televisión la mitad es mentira y la otra mitad realidad envuelta en mentira, afortunadamente con excepciones.

Una de las personas que mejor utilizan twitter para tirar su reputación, "reputación", por la borda es Alejandro Sanz. El madrileño con acento andaluz y con residencia en Miami, nos deleitó con una nueva muestra de 'quién te da vela en este entierro' o 'quién te ha invitado a esta fiesta'. El cantante, líder de opinión como se cree al tener más de tres millones de seguidores en la famosa red social, intentó dar parte de la actualidad nacional desde su duro exilio en Florida. Confundió el caso de Marta del Castillo con la Operación Galgo en la que estuvo implicada la atleta Marta Dominguez. Cuando un seguidor (follower) pidió un mensaje de apoyo del cantante a la familia de Marta, Alejandro Sanz, ni corto ni perezoso proclamó a los cuatro vientos que Marta era inocente. Todo esto en más de 140 caracteres, queriendo más espacio que el resto, por si acaso no quedaba claro. No hay más preguntas su señoría.

El tweet de la polémica de Alejandro Sanz (Abc.es)

Los errores en twitter van y vienen. Si soy yo el que la lía, con mis cuatro seguidores en twitter, mal contados, poco ocurrirá. Tal vez, comentarios amenazantes, jocosos y buscando las cosquillas en el espacio de opinión, que es este blog. Sin embargo, Alejandro tiene alguno más. Unos para seguir a su cantante favorito y otros esperando una nueva machada. Un arma muy peligrosa para el cantante, y vistos su tweets para todos.

No contentos con la metedura de pata del hombre del corazón partío, hubo otro tema del día. Los amigos de El Hormiguero, ese programa, decidieron rebanarle la cabeza a Dani Martín en un truco de magia y venderlo como real. En su derecho están. La televisión es un gran circo donde casi nada es verdad. El gran problema viene del espectador. El mismo que sabe que es mentira, pero que critica que eso se haga en horario infantil, con niños viendo la televisión. Mismo horario en el que la muerte del talentoso Marco Simoncelli fue repetida hasta que quedase en la retina de todo espectador. A fuego.





El tema de la cabeza de Daniel...sólo hay que ver lo que es irreal, lo que es una broma. Humor negro o gris perla, televisión al fin y al cabo. Todo depende del ojo del espectador.

El hombre de los 42 kilometros y 195 metros

Cómo un nombre impronunciable, Haile Gebreselassie, puede estar en boca de todo aquel aficionado al deporte. Cómo un hombre bajito, con una sonrisa eterna puede levantar los brazos y moverlos a ritmo de aplausos de un estadio a rebosar tras 42 kilómetros y ciento noventa y cinco metros.

Combate la guerra del maratón, como antes hizo en pequeñas escaramuzas y peleas en 5.000 y 10.000 metros, con un vaivén de cadera a ritmo de unas piernas delgadas pero fibrosas como cuerdas de acero. Resistencia, no solo física sino también mental. Un objetivo: la meta. Una necesidad: llegar el primero.

Es uno de los pocos atletas que añaden a la maratón 400 metros y dos pasos más. Los que tiene la pista al dar la vuelta de honor y los dos escalones para laurearse como el mejor del prueba en el podio. Es de los pocos que prefieren arroparse antes que hidratarse o mojarse la cabeza. Lo hace con la bandera de su país. Una nación orgullosa de su atleta. Donde es un mito, un símbolo.

Ha dejado huella. Una marca de un pie pequeño que pisaba casi sin querer, pero que lo hacía a un ritmo constante que tal solo él podía mantener. Ha dejado fotos para la historia, sin necesidad de focos o el flash , tan sólo el resplandor de una estrella propia que iluminaba con sus éxitos y su sonrisa las fotografías lanzadas desde las gradas.

Ha dejado a un deporte con una calle vacía, la primera, desde la entrada al estadio hasta la meta. Un kilómetro final huérfano de arrancadas cuando no queda aliento. Donde el etiope era imparable.

Foto |The age.com.au


Martín | Capitulo I (I)

Se encienden las luces. Martín cierra los ojos, la cándida luz del foco naranja había acostumbrado a sus pupilas. Eran las cuatro y treinta y cinco minutos de la mañana y aun mantenía su vaso a medio terminar entre sus gruesos dedos. Cogido desde la base como si fuera a degustar una copa de una caro vino riojano.

En el Haruki aun quedaban varias personas. Al fondo, un grupo de jóvenes protestaba por prontitud del cierre. Cerca de él un par de pareja de treinteañeros cogían su abrigo y se ponían la bufanda para defenderse del fuerte viento casi polar que emanaba en las calles. Martín, sin embargo, tan solo quería evitar su casa, incluso su propia vida.

Al llegar a su apartamento tal vez una última copa de ron Matussalem antes de meterse en la cama. Ataviado tan solo con unos anchos calzoncillos azules que le habían acompañado las dos noches anteriores. Mientras tanto se encontraba sentado al inicio de la barra de aquel pub. Entre la maquina tragaperras y una barrera que le evitaba acercarse a la Cristina y decirle que esa copa sería solo para ellos dos.

Daba igual. En tres horas debía estar en la comisaría. De nuevo. Leyendo informes y metiéndolos en inútiles carpetas marrones. La informatización no sabía de pequeños habitaculos de la comisaría pensaba día sí y día también. Acabó la copa de un trago y sin decir adiós se dirigió a la puerta. La abrió con fuerza y el helado viento le recibió azotándole en su curtida cara. Su melena se agitaba al compás de la fuerte brisa. Su aparente calvicie pedía a gritos el calor de un gorro y una bufanda. La cabeza gacha del alto policía le acompañaba a la tregua de su cama. El día antes de la tormenta.

El depredador de color rojo

La luz lucía detrás mio. Como un presagio, como un monstruo que amenaza tras de mi.
Yo corrí. Miraba al suelo. Baldosa, baldosa, baldosa, baldosa. Y un sonido. Un meeec! La luz me había alcanzado. Me había vencido. Mi continuación de zancadas capitaneadas por unas zapatillas marrones no era suficiente. El 33 relucía. Me llevaba a casa. Yo había luchado por llegar a tiempo. Mi unión alma cuerpo perdía previsiblemente, ante el enemigo motorizado. Incluso la derrota era necesaria.

Sí, el número 33 de la línea Tuzsa me llevó a casa. Sano y salvo. Pagando, y subirá su precio. Pero mi persona se ejercitó, luchó, e incluso dejó todo su carne en el asador, donostiarra o no, como rebelde ecológico, deportista y concienciando con el cambio climático anti petroleo que es.

Puto capitalismo como diría aquel. Ballenas de la carretera como se referiría un buen amigo. Vencedor al fin y al cabo. Un euro de cobardía, un billete de derrota. Una carrera sin sustancia.